Prólogos

 


EL ÁRBOL DE LOS AHORCADOS 




CANTA EL ÁRBOL

COMO EL HOMBRE

Camila Charry Noriega 


Es cierto que cada poeta carga su propio universo simbólico y a través de este, de las múltiples relaciones que se tejen entre esos punto cardinales se va diciendo del mundo lo esencial, lo que taja y duele, lo que brilla e insiste ante la aparición de lo bello. Un árbol se eleva en la poesía de Sergio Antonio Chiappe y ese árbol, centro de su universo como en tantas mitologías, es el que guarda el misterio de donde todo fluye y a donde todo vuelve. Chiappe dice. 

            Ambos llevamos la soledad encima

            el vacío de las cosas que se fueron

En esta afirmación presentimos que no hay distancia entre la naturaleza que sostiene al árbol o al perro Destino, y la que sostiene al hombre que se abandona como ellos a la potencia de lo ausente. En ambos la vida transcurre entre ese laberinto que Borges enunció: el tiempo, que en la poesía de Chiappe es también el árbol. Este Árbol de los ahorcados, podría devolver al lector a aquella "Pequeña elegía" de Gómez Jattin: 

            Ya para qué seguir siendo árbol

            sin habitantes

            a no ser esos ahorcados que penden

            de mis ramas 

            como frutas podridas en otoño, 

y si nos devuelve es precisamente porque como arquetipo y en la gran memoria universal, el árbol es la vida misma. 

Reconocemos en sus palabras la abolición de aquellos límites impuestos por la fría razón en donde el mundo animal, el vegetal y el humano parecen irreconciliables, separados por la idea de que el primero habita las alturas y los otros pertenecen a la tierra sorda. En estos poemas encontramos todo un bestiario que se le presenta al lector como la posibilidad de disolver ese límite desde el puro acto contemplativo que es emoción y espera de lo incierto; revelación de aquello que nos acompaña y va marcando la vida, su pulso; así un perro, un pájaro, un lobo, un cuervo, una mariposa, un gato, una legión de hormigas nos obligan a la multiplicidad de los signos que conciliadores y como extrañas deidades aceptamos desde la sentencia de Nicolás Gómez Dávila cuando ilumina y dice que 

            solo amamos en la vida las presencias que la cruzan como mensajeras de otro mundo.

En uno de los versos con los que inicia el libro, Sergio Chiappe dice: el domingo es manso como un perro viejo y entonces se nos hace imposible entender el mundo sin esos puentes en los que las cosas se desprenden del orden primordial y nos hablan siempre para que recordemos ese hilo invisible que el poeta extiende entre lo que vemos y lo que no; la materialidad de los días, o mejor, el domingo, análogo a un pequeño ocaso, como el perro en su cierta vejez, consagrado a su destino inexorable. En el poema Viento, que es un gato, y también esa sustancia volátil que agita el mundo, señala: 

            Se acuesta en el filo de la noche

            añora sus bríos de amante joven 

            en la penumbra del tejado. 

            Viento, ahora dócil 

            sigiloso 

            se escabulle entre los silencios del poema. 

En las palabras del poeta, Viento, el gato, es la materia misma de lo manifiesto que la palabra incapaz no logra atajar, y es también la certeza de que todo fluye pero el deseo es lo que ancla. La escritura del poema aparece como la imposibilidad de permanecer y al mismo tiempo como el único camino para la vida en constante fuga; nos conduce a esa continuidad de las cosas dispuestas a durar solo en la palabra que las resiste. El deseo nos arroja, como sabemos por el linaje de pensadores como Schopenhauer, hacia esa ciega voluntad, hacia esa carencia cuyo fin es perpetuarse eternamente y tanto el gato como el poema lo saben. 

Más adelante Chiappe va a decir: 

            Apaciento mis sombras...

            ...suavemente paso mis manos por sus lomos

            acaricio el dolor, la amargura.

En estos versos reconocemos el dolor humano, pero ese dolor está signado de manera indivisible por lo animal. 


El árbol y las creaturas que son la vida empujan y sostienen este libro en el cual nos reconocemos como los ahorcados, acechados permanentemente por el tiempo y todos sus pliegues: 

            He oído la voz del árbol detrás de la niebla 

            conozco el ruido de las hojas cuando caen.

Escribo estas breves palabras desde la certeza de que lo que menciono se queda corto frente a la emoción que produjeron en mí ciertos pasajes de este bello libro en el que se lee también a Dios, pero y desde esta lectura, este Dios se aparta de aquel judeo-cristiano que nos vigila y de alguna manera divide el mundo y limita nuestra mirada, obligando tristemente a pensar la vida y sus tensiones entre el arriba y el abajo que nombro antes; entre lo permitido y lo prohibido. Acá la realidad y la vida se mueven y transitan entre las páginas a través de la sinrazón que hay en la vida misma, desde su voluntad de existir y la tenacidad de resistir cada embate, admitiendo que la verdadera belleza está en sus tantas formas de volver y obligarnos a recibir sus embestidas como vengan, de ojos abiertos; esa es de alguna manera la naturaleza del árbol de estos poemas que tanto se nos parece. 

Octubre de 2016


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LA PERSISTENCIA DE LAS LÁGRIMAS




El canto del alma 

Pensemos en un árbol; es un árbol fuerte que se levanta bajo el sol. Ahora pensemos en las raíces de aquel árbol: profundas, sedientas, navegando en la oscuridad de la tierra. Ahora imaginemos su luz, la luz más grande, una luz circular que envuelve su entorno, su follaje. Por último, pensemos en el viento, un viento nocturno que se trepa en la corteza y quisiera derribarla. Todo el árbol, toda esta imagen de vida y asombro es la poesía de Sergio Chiappe. Su obra se ha erigido en la fuerza vital del lenguaje, en su honestidad. Su poesía piensa, reflexiona, se aferra; es la transición entre vida y tiempo, entre luz y ausencia. Su poesía es un canto del silencio. 

Entrar en la obra de Chiappe es acercarse a la pregunta por lo vital, por el futuro, por la nada, por el todo. La persistencia de las lágrimas es un libro que nos invita a descubrir aquel interrogante por lo bello y lo monstruoso, que se va transmutando poema a poema, hoja tras hoja, como una sombra inmanente que va saltando entre los versos, y que nos dice mientras salta: La vida se desvanece, parece escurrirse, salirse de su cauce. No obstante, tenemos la poesía; aquella región donde habita una presencia vivificante, un vuelo de cóndor, un espasmo de fiebre que nos recuerda que cada lágrima que persiste es también una vida que persiste. La poesía de Chiappe es una invitación a estar vivos, a persistir en la memoria, a sobrevivir en la estación final, entre el amor y la guerra, entre el sueño y lo humano, entre lo real y lo dionisiaco. 

La persistencia de las lágrimas es un libro al cual siempre podemos regresar. Es un tríptico de hombre, sombra y tiempo que nos ofrece un paisaje inacabado, pero que iremos construyendo a medida que pensemos sus poemas; es por ello que el poeta canta: Llega el día en que nos damos cuenta de la finitud del vuelo (...) ¡Qué cante el alma para mitigar la noche! 

Felipe Donoso Suárez

Bogotá, septiembre de 2020

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LA CURVATURA DEL TIEMPO 




PERCUSIÓN DE LA TIERRA


Hablar de la poesía de Sergio Antonio Chiappe es viajar a la percusión de la tierra. Solo la tierra y su acústica poética es capaz de transmitir a un poeta la magnitud y la simpleza de su pulso. 

Y Sergio responde a esa pulsación. Reacciona con sensibilidad innata y la traduce en letras. Cada poema suyo es un hueso de luz arrancado de la médula terraria que nos conmueve. 

Extrae las voces más oscuras del dolor y las desliza con su pluma en paisajes literarios. Leer a Sergio es aterrizar en la naturaleza misma. Breve y abismal travesía que pasa de un animal o árbol al inasible aire que nos sostiene en vientos y nos eleva a otros universos. 

En el presente poemario nos transporta a "un universo colectivo con humedad de siglos por los cientos de miles de ojos que han llorado" y en esa humedad germina el semillero de sus versos. 

"Dios juega con el barro: improvisa", nos dice en otra de sus audacias escritoras y yo que no juego me tildo en el "Paisaje afligido" para refugiarme "Bajo el rigor de un sol moribundo entre despojos y sombras" porque es la única forma de eternizar el sabor de su poética sin que lo altere el vértigo mundano con sus ruidos. 

La curvatura del tiempo es una joya literaria digna de ser disfrutada. 

Gracias Sergio por tus huellas sonoras palpitando al son de la tierra como incansable reloj de poesía. 

María Dora (Doris) Cirigliano 

Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires, 

Argentina 

01 de agosto de 2021


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LENTO CAER DE LLUVIA 




¿De qué está hecha la lluvia?


Me asombra este poemario de Sergio Antonio Chiappe Riaño. Bien podría, como colega, envidiar su lirismo, que tanto he disfrutado. Pero, más allá de sus hermosas metáforas, es profunda sustancia la que encuentro en su mensaje: sutiles hebras de vida, generadoras de sentimientos y usinas de expresiones que, finalmente, se concretaron en versos. Ya conoce su oficio: hurgar en la materia sombría del lenguaje hasta hacerla brillar con la luz de un filo que corte hasta llegar a algo cierto. 

        Y digo "materia sombría" porque, en esta obra, no encuentro oscuridad, sino sombras. Ya en el Preludio, el autor nos habla de ellas, afirmando que pueden ser transformadas por obra de la luz. No en vano, la palabra "sombra" aparece unas siete veces a lo largo del libro. De hecho, el término "luz" se utiliza el doble de veces, al igual que "alma". También invoca a Dios unas cinco veces, pero no lo increpa ni le implora; más bien, lo pone en entredicho al afirmar que "reparte los destinos". Muy pocas veces se refiere al dolor o a la muerte, que, a su criterio, sería como un trasbordo de trenes en quién sabe qué viaje misterioso. 

        Ahora bien, hay algo relacionado con el alma en todo esto, según Sergio. No debería sorprendernos que la mencione una docena de veces o más. Así que, si esto fuera un acertijo de Dan Brown, las claves serían: DIOS-LLUVIA-ALMA-POESÍA. Y, entonces, nos ofrece la respuesta al declarar abiertamente: 

            Poesía

            es el alma de la lluvia,

            el llanto de Dios.

Así, la lluvia se convierte en la metáfora suprema: un llanto divino cuya alma desencadena la poesía. Y claro que no es una poesía vacía, sino llena de vida ("vida", a propósito, es la palabra más usada en el poemario). Por eso, no debería extrañarnos que, en este entramado poético que conmueve al autor, encontremos una afirmación como: 

            La vida se precipita lluvia sobre las calles

De este modo, el poema descifra el alma de la vida que cae como lluvia, llanto de Dios sobre los cuerpos, aferrándose a recuerdos que <<cobijan el alma>>. Allí, luchando contra todas las pérdidas, están los niños y los pájaros en la antigua casa, <<en el corazón>>, donde finalmente habita <<Lucélida>, su madre. No es casual que su poema cierre el libro, porque, cuando el poeta habla de amor, se refiere, sobre todo, al materno. Incluso en la hora final: 

            Cuando deje de andar

            por los caminos del hombre, 

            y la tierra cante

            y reclame mi presencia, 

            me abra sus brazos 

            y me abrace con amor de madre. 

En realidad, todo comienza por el final, cuando dice: 

            Agradezco a la poesía por cerrar mis ojos

            y permitirme sentir al aire abrirse camino

            dentro de este cuerpo que bendice su caricia.


            Gratitud es el alma que habita

                                    este lento caer de lluvia. 


Porque esa bendición es la caricia de la madre. De eso está hecha la lluvia. 

Fernando Gabriel Vaschetto 

Rosario, Argentina, 2025


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GRAMÁTICA DE LA LUZ 




Prólogo 

Si bien es cierto que la poesía puede perpetrarse desde la telúrica de la voluntad, hay casos en los que se logra a partir de una necesidad más honda, una que se nos presenta intraducible  y que da nombre, no obstante, la editorial que presenta ahora esta obra escrita a cuatro manos: toská. La voz que no tiene parangón en nuestra lengua y que Nabokov 
definió como <<un dolor sordo del alma, un anhelo sin nada que anhelar>>, resuena en estas páginas no como patología del espíritu , sino como su estado natural. La luz que aquí se gramatiza no es la de la claridad meridiana, sino aquella que emerge -tardía, trabajosa- del fondo de lo oscuro. 

         Dos poetas colombianos , Francisco Urrea Pérez y Sergio Antonio Chiappe Riaño, convergen en este libro doble sin que sus voces se confundan. La toská que los hermana es menos un tema que una condición de enunciación: desde ella se escribe, no sobre ella. Y sin embargo, cada uno la habita de manera distintiva. 

        El concepto "gramática de la luz", acuñada por el diseñador Richard Kelly para el ámbito de la arquitectura, clasifica los modos en que la luz revela las estructuras del espacio: aquella que permite ver, la que dirige la mirada y la que convierte el resplandor en objeto de contemplación. Trasladada a la poesía, creo, esta gramática se vuelve metalenguaje: el poeta no opera sobre materiales pétreos sino sobre los estratos mismos de la lengua -la sintaxis, el léxico, el ritmo, la metáfora-, y su luz no es física sino semántica . Así como Góngora, según Lorca, <<ilumina el castellano con su ingenio>> al torsionar la estructura verbal para que de ella emerja un fulgor inédito, todo auténtico poema es un análisis de cómo la luz juega -se refracta, se demora, se niega- en las arquitecturas que la palabra erige. El poeta dispone los materiales oscuros de la sílaba y la pausa, y de esa disposición, si es certera, brota una luz que no preexiste al lenguaje: es el lenguaje mismo iluminándose desde dentro, mostrando, en el instante en que se pliega sobre sus propias junturas, la forma de lo que nombra. 

        La poesía de Francisco Urrea Pérez, reunida bajo el título Abisal de una huella, se despliega en una tensión sostenida entre la levedad y la hondura. Sus versos no aspiran a la transparencia; antes bien, se demoran en lo que él mismo llama <<el piélago del desvelo>>. Hay en su escritura una conciencia aguda del paso -del paso que se da y de la huella que se deja-, pero también de aquello que no llega: la hora, el abrazo, el sentido. Poeta del umbral, Urrea Pérez escribe desde el borde del día, en esa madrugada que <<tarda, se muere>>, y desde allí interroga lo que persiste en no manifestarse. Su verso, contenido y a la vez propenso al desborde, encuentra en la repetición de ciertas imágenes -el camino, los pasos, el sol, la noche- no un agotamiento sino una profundización. El camino no es aquí la metáfora transitada de la vida, sino el lugar literal del extravío; los pasos no simbolizan la dirección, sino la deriva; la huella no testimonia el transito, sino el abandono. El poeta hurga en ese desfase entre el ser y su estela, entre la experiencia y su residuo, con una persistencia que recuerda a cierta mística negativa: saber que lo que se busca solo puede decirse por aproximaciones, por rodeos, por lo que falta. 

        Sergio Antonio Chiappe Riaño, en Revelaciones del inconsciente, parte de una premisa afín pero desarrolla una poética distinta. Aquí el poema se concibe como emergencia, como aquello que <<intenta salir proyectándose>> desde estratos no gobernados por la voluntad. Su escritura es más narrativa, más propensa al relato breve, a la estampa onírica, al diálogo con la infancia y sus fantasmas. Chiappe trabaja con materiales reconocibles -la abuela, el rancho, el perro negro que acompaña en el camino- para extraer de ellos una luz que no es la de la anécdota sino la del tiempo recuperado. El poema ¿Cuándo Dios me ha quedado mal?, se pregunta la abuela, y esa interrogación, que es también una afirmación, condensa el gesto poético de Chiappe: la palabra como respuesta anterior a la pregunta, como confianza previa al desamparo. Su verso es más despojado, más próximo a la respiración del habla, pero no por ello menos consciente de su densidad. Hay en él una sabiduría de lo pequeño  -el abanico español sobre la silla turca, la araña de siete patas en la guitarra- que se ofrece como epifanía sin aspaviento, como revelación doméstica de lo sagrado. 

        Lo que une a estos dos poetas no es, pues, una estética común, sino una indagación compartida sobre los modos en que la luz habita la materia del mundo. Para Urrea, esa luz es a menudo crepuscular, oblicua; llega cuando el día declina, o cuando la conciencia se rinde a su propia oscuridad. Para Chiappe, la luz es más bien resurrección de lo perdido, emanación del recuerdo, palabra que nombra y convoca. Uno escribe desde la vigilia que se alarga; el otro, desde el sueño que irrumpe. Pero ambos saben que la luz no se posee: se recibe, se aguarda, se gramatiza -esto es, se ordena en una sintaxis que es, a fin de cuentas, la única morada posible para quien ha hecho de la pregunta su oficio. 

        Gramática de la luz, es, en este sentido, un libro doblemente oportuno. En un tiempo que favorece lo explícito y lo inmediato, estos poetas reivindican el rodeo, la demora, la palabra que tarda en decir lo que dice. No hay en ellos concesión a la facilidad, ni a ese lirismo decorativo que confunde emoción con sensiblería. Su compromiso en con la lengua en su capacidad más alta: aquella que no nombra para poseer, sino para interrogar; que no describe para fijar, sino para liberar. 

        Lo místico, en estos poetas, no irrumpe como revelación mayúscula ni se viste de éxtasis; se cuela, más bien, por los intersticios que la rutina deja sin sellar. En Urrea Pérez, habita el desajuste mínimo entre el paso y la huella, en esa <<hendija de la propia mirada>> por donde se filtra un vacío que es también plenitud. Su símbolo central -la huella- no es en este libro la marca del tránsito consumado, sino la prueba de una ausencia: el paso ya no está, solo su vestigio, y el poema nace precisamente de esa distancia irreductible. Escribe desde la conciencia de que toda presencia se da siempre bajo el modo de la despedida. De ahí que su voz prefiera los umbrales: la medianoche, la madrugada que tarda, el ocaso, ese <<sin -tiempo>> donde las horas se suspenden y el ser puede, por fin, <<soltarse sin medida a las tinieblas>>.

        En Chiappe Riaño, anida en la araña de siete patas que ha tejido su tela entre las cuerdas de la guitarra: el gesto de agacharse para observarla, de acariciarla con ternura, de mirar ese acto diminuto <<como se mira el nacimiento de una flor>>, vuelve la fragilidad del insecto -y la pausa que lo contempla- una ceremonia donde lo sagrado no desciende, sino que emerge de lo más vulnerable. No hay aquí ascenso hacia lo alto, sino descenso a lo menudo: la sílaba que tarda, el objeto que vela, la pausa que se alarga. El poema es el umbral mismo: esa delgada franja donde lo cotidiano, sin dejar de serlo, se vuelve sagrado. 

        Queda el lector ante estas páginas como ante dos ventanas que miran al mismo paisaje desde ángulos distintos. En ambas, la luz es esquiva y generosa a la vez. En ambas, la palabra es huella y revelación. En ambas, la toská -esa angustia sin objeto- se convierte, por obra del poema, en forma habitable del mundo. 

Arturo, Hernández González 
Bogotá, D.C., Colombia, 2026






El árbol de los ahorcados 

Sergio Antonio Chiappe Riaño 

Prólogo: Canta el árbol como el hombre. 

Camila Charry Noriega

Dirección Editorial: 

Eleazar Plaza Oleny

Imagen de caratula:

 La casa del ahorcado. Paul Cézanne

Rosa Blindada Ediciones 

Cali, Colombia, 2017 

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La persistencia de las lágrimas

Sergio Antonio Chiappe Riaño 

Prólogo: El canto del alma 

Felipe Donoso Suárez 

Dirección Editorial:

Fabián Paz y DonnaMorte

Diseño portada. Obras inéditas 

Fabián Paz

La Sociedad Perdida Ediciones 

Pasto, Colombia. 2020

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La curvatura del tiempo 

Sergio Antonio Chiappe Riaño 

Prólogo: Percusión de la tierra 

María Dora Cirigliano

Editores: 

Juan Calero Rodríguez y Héctor José Rodríguez Riverol 

Diseño portada

fotografía archivo personal 

Edición: Asociación Abra Canarias

Islas Canarias, 2021

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Lento caer de lluvia 

Sergio Antonio Chiappe Riaño 

Prólogo: ¿De qué está hecha la lluvia? 

Fernando Gabriel Vaschetto 

Epílogo: Sobre la gravedad visible 

Arturo Hernández González

Editor:

Arturo Hernández González 

Imagen de caratula:

Tormenta de nieve sobre el mar

Joseph Mallord William Turner 

Toská Editorial 

Bogotá, Colombia, 2025

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Gramática de la luz 

Francisco Urrea Pérez &

Sergio Antonio Chiappe Riaño 

Prólogo

Arturo Hernández González 

Editor

Arturo Hernández González

Imagen de caratula 

Monasterio Heisterbach

Wilhelm Steuerwaldt

Toská Editorial

Bogotá, Colombia, 2026


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