Linda Barbosa
Todos estamos tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos
Elena Poniatowska
Aquí estamos por amor
descifrando los acertijos del silencio,
ensayando la vida
como una obra de teatro callejero
una partitura sorda.
Sergio Antonio Chiappe
Bienvenida poeta Linda Barbosa a EL CLAROSCURO
Gracias por aceptar mi invitación.
Linda Luz Barbosa. Poeta y abogada nacida en San Gil, Colombia. Especialista en Derecho Público, magíster en Derechos Humanos por la Universidad Internacional de La Rioja (España) y especialista en Creación Narrativa por la Universidad Central (Colombia). Es autora de los libros de poesía Tonadas de luz (Bucaramanga, 2012) y Nuevas formas de decir adiós (Editorial Summa, Lima, 2024). Algunos de sus poemas han sido incluidos en revistas y publicaciones virtuales, así como en la antología Trilce, presentada en la Fundación Trilce y la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá.
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¿Quién es Linda Barbosa?
Soy un alma encarnada, un alma vieja, como todas. Este nombre musical, Linda Luz Evelyne, lo imaginó mi padre; él también escribía poemas, igual que mi madre. Quizás por eso en mí hubo, desde temprano, una inclinación al canto, a la palabra, a esa forma de asombro que tiene algo de música y de revelación.
Soy abogada y poeta. Habito esos dos territorios: el de las resoluciones y el de la herida, el de la norma y el del temblor. En uno intento comprender el mundo; en el otro, apenas nombrarlo.
¿Cómo fue tu encuentro con la poesía?
Mi primer encuentro con la poesía fue escuchando a mi madre declamar, con su voz antigua, casi de radionovela. Mi padre llenaba la casa de libros de poesía y de cuentos; solo más tarde descubrí que también escribía poemas y los guardaba entre sus páginas, como si dejara allí pequeñas respiraciones secretas.
Cuando era niña, tenía la costumbre de leernos en la noche. Creo que allí nació el llamado: en esa casa poblada por la música de la voz, por los cuentos en teatrillos de cartón, por las historias, por el asombro de la palabra.
¿A dónde te ha llevado?
La poesía me ha llevado, a fuerza de contrariedades, hacía un lugar más hondo de mí misma. Sigue siendo ese instante mediativo en el que intento dar fotografía a los momentos vividos, rodearlos con la palabra, mirar sus bordes y descubrir las infinitas posibilidades que existen pese a la limitación de una sola vida.
También me ha llevado al silencio. La habité con la naturalidad del juego en la infancia y en la adolescencia. Luego, en la adultez temprana, entre el desencanto, los asuntos de oficina y las cuentas por pagar, la dejé un poco a la intemperie. No sé si la he honrado como es debido, pero aquí estoy de vuelta, intentando caminar otra vez bajo su sombra.
¿Cómo es tu voz poética?
Mi voz poética tiene un tono confesional e intimista. Es, en gran parte, un retrato interior. En ella están mis vivencias, los amores que se fueron, ciertas preguntas, y también los escollos de una vida atravesada por una oficina gubernamental, donde, a fuerza de obediencia ciega, el alma aprende a resistir en voz baja.
Con la madurez de mi cédula, mis versos buscan su propio vuelo y dejan pasar el eco de voces antiguas, de una memoria que no es solo mía. Y aunque escribo desde lo íntimo, en mí también hay una necesidad de rozar lo social: algo en mi alma quiere dar fe de aquello que me duele, de ciertas heridas colectivas, de ciertas formas de la injusticia y del desamparo.
¿Con qué palabra te identificas?
Movimiento.
La poesía transforma vidas. ¿Cómo influye en la construcción de una persona y de una comunidad?
Creo que la poesía salva vidas, o al menos las vuelve más habitables. Nos ayuda a reconciliar la mente con las emociones, la luz con la sombra, lo que callamos con lo que en verdad nos habita. Nos enseña a escucharnos, a sostener una conversación interior más honesta, a nombrar aquello que parecía no tener nombre.
Y cuando esa verdad toca a otros, deja de ser solo íntima: se vuelve río. La poesía puede despertar conciencia, ternura compasión; puede recordarnos que el dolor ajeno también nos pertenece. Quizás por eso creo en ella: porque nos devuelve, aunque sea por un instante, a una versión más sensible y más despierta de nosotros mismos.

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