Escribo sobre el agua
en el reino de la lluvia
Juan Esteban Londoño
El tiempo no es sino la corriente en la que estoy pescando
Henry David Thoreau
Despliego mis alas
que, aunque viejas aún sirven
para trazar círculos en el viento.
Sergio Antonio Chiappe
Bienvenido Juan Esteban Londoño a EL CLAROSCURO.
Gracias por aceptar mi invitación.
JUAN ESTEBAN LONDOÑO (Medellín, 1982). Poeta, narrador y ensayista. Es profesor de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Ha sido docente de filosofía en la Universidad de Antioquia y coordinó durante varios años el Semillero de estética, poética y hermenéutica de la Universidad Católica Luis Amigó.
Doctor en teología de la Universidad de Hamburgo (Alemania). Filósofo y Magister en filosofía de la Universidad de Antioquia (Colombia). Licenciado y Magister en ciencias bíblicas de la Universidad Bíblica Latinoamericana (Costa Rica).
Ha publicado la novela Evangelio de arena (2018) y los poemarios El país de las palabras rotas (edición bilingüe español-inglés, 2019), Oráculos de Jezabel (2022), Los nombres de los árboles antiguos (2025) y El murmullo de las hojas (2025).
Entre sus libros de ensayo se encuentran Hugo Mujica: el pensar de un poeta en la poesía de un pensador (2018) y La crucifixión en la literatura latinoamericana contemporánea: Hugo Mujica, Raúl Zurita y Pablo Montoya (ediciones en español y alemán, 2020).
Con su libro Oráculos de Jezabel fue ganador del estímulo de creación del Ministerio de Cultura de Colombia. Sus cuentos, ensayos y poemas han sido publicados en diferentes revistas y traducidos al alemán, al inglés y al ruso. También ha participado en diversos proyectos musicales como vocalista y compositor.
*
¿Quién es Juan Esteban Londoño?
Una solidificación de piel y huesos que dura apenas un latido.
¿Cómo es tu voz poética y qué buscas en la poesía?
Una voz que sigue ese verso de Adam Zagajewski: “habla más suave”. Busco murmurar el paso de la vida, como un pequeño arroyo en una hondonada en la montaña.
¿Con qué palabra te identificas?
Con el agua, que con su delicadeza horada la piedra.
Juan, ¿Cómo se puede incentivar en la gente, especialmente en niños y jóvenes el gusto y el interés por la poesía?
A lo largo de la historia, muy poca gente se ha interesado por la poesía, como muy pocos quieren ser guardabosques o talladores de madera. Cuando un ser con esta vocación se encuentra con la floresta o con el tronco de un árbol a pulir, el bosque le habla, la madera lo llama, y esta persona está dispuesta a la escucha. La poesía no se transmite por encargo, llega fulminante.
La poesía ¿A dónde te ha llevado?
A caminar por grandes ciudades, montañas y ruinas, conversando con poetas vivos, en lugares como Copenhague, Berlín, Aiglún, Salamanca, Lisboa, Buenos Aires, Ciudad de México, Cuernavaca, Tunja, Bogotá, Cali, Medellín.
Pero también me ha llevado a ciudades invisibles, construidas en el reflejo de un lago o en las cornisas de la imaginación. En aquellos lugares, he podido escuchar a los poetas, mirarlos a los ojos. Y ellos, ellas, con los oídos aguzados, escuchan también mis historias.
*
El hospital de las máscaras
a Friedrich Nietzsche
Eras apenas un niño para el que los vocablos sonaban como un órgano de iglesia. Tu padre te sentaba al piano y la música apaciguaba tus dolores de estómago.
Tu oreja aguda persigue la melodía de una flauta. Sale de tu cabeza y corre a las colinas de Sils María para oír el canto de los sátiros.
La voz del padre es ahora una tecla sin cuerdas. Su resonancia se ahoga en la madera muda. Han pasado cincuenta años. Ha reventado el tumor en tu cabeza y no puedes cantar en el jardincito, con el sabor de los higos en tu boca y los pequeños quesos en la mano, ante los tres buenos amigos.
Enfermeras vestidas de negro entonan una música de réquiem. Tú las sigues con el piano y escribes en el aire un pentagrama de sordos.
Hambre en Moscú
a Marina Tsvetayeva
Meces la cuna en la que duerme un esqueleto
y enciendes la chimenea para calentar la tristeza.
El verano de abril no ha sido suficiente.
La guerra suele llevarse las palabras.
El hambre te separa de Serguei, de Alia,
de la recién nacida Irina.
Robas a un niño muerto
para acunar en su carne morada
todas las ausencias.
Te quitas la camisa y palpas
unos senos secos, como una ciruela añejada,
como las tetas de una perra famélica
en las calles nevadas de Moscú.
Aún así, metes en la buhardilla
a tus amantes. Ellos chupan los pezones
mordidos por tu hija muerta.
Tú crees que horadan el placer
de tus cabellos negros y tus ojos almendrados:
es el hambre la que los conduce
hacia la leche del misterio.
Oráculos de Jezabel
I
Al llegar al templo de Venus me maquillo los ojos con ceniza y pinto de carmín los pómulos. El espejo de bronce me agasaja.
Camino descalza por la columna de las meretrices. Un peregrino, oloroso a sales del Mar Negro, me acuchilla el vientre y lame la sangre en la palma de su mano.
Mi vida me ha costado la vida.
II
El niño, animal de cercanías, se sienta en el astillero junto a un perro sucio a la espera de un barco. Escucha los lamentos perdidos que arrastra la bruma del mar. En el agua se percibe el reflejo plateado y frío de la luna.
«Algún día volverá papá», le dice al perro que se rasca las pulgas, indiferente y juguetón.
Lo que nunca fue nuestro duele en la madrugada.
III
¿Escuchas mi voz cuando me lees? ¿Sientes mi cuerpo envuelto en lienzos?
Oye el crujir de la carne, percibe el olor de la luz que se filtra por las hendijas de mi piel.
Escribo para no morir ahogada en la sangre de los pueblos invadidos.
No hay cielo, me repito, sólo el mar.
La poesía es mi barcaza, la claridad navega en ella.

En el bosque de Grodek
a Georg Trakl
Ves en el campo de batalla cuerpos bajo cuerpos.
Las uvas estallan contra las rocas de Jaworzno.
Los ojos de los soldados flotan en el lago.
La guerra no era suya, los ojos sí.
Arrancas de la vena del teniente enfermo
la jeringa con morfina y te sientas
junto a él en la camilla para inyectarte.
Morfina, cocaína, cloroformo.
Bebes aguardiente barato.
Cierras los ojos.
Recuerdas al viajero que recibe el pan y el vino
en el altar de una iglesia bombardeada.
Los disparos cesan, te arrullan las cigarras.
Oyes el canto de una madre a su hijo
ante la puerta de la farmacia.
Te acuestas sobre los leños mojados
y esperas que la mano de tu hermana adolescente te acaricie.
La cuerda de un piano vibra alrededor de tu garganta.
Hoy no es como otras lluvias
a Hugo Mujica
Ante la cercanía de la muerte, el galgo se acurruca al fuego. Se te revela una ternura salvaje en sus ojos asustados. Escuchas la vida en el dolor del animal.
Quieres darle tu respiración. Te acuestas sobre su pecho y oyes, hasta que el tambor deja de latir.
Cubres su cadáver con tierra negra. Esta vez no llueve. Esta vez las hojas secas caen de tu mano. La misma ofrenda que me pides para tu sepultura. Yo muerdo mis labios y pongo mi oído en tu pecho.
*
Comentarios
Publicar un comentario