El amor,
esa palabra que nos enfrenta
con nuestras debilidades,
este ir y venir como quien empieza
desde ninguna parte,...
Harold Alva
Las amarguras serían pasajeras
si en lugar del corazón
fuera otro órgano menos quejumbroso
el depositario de las desventuras.
Sergio Antonio Chiappe
Bienvenido Luis Mallarino a EL CLAROSCURO.
Un gusto abrazar tus versos.
LUIS MALLARINO
Cartagena, Bolivar, 1986. Poeta y narrador.
Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero (Ecuador, 2020). Premio distrital de literatura Ciudad de Barranquilla (narrativa, 2017; poesía, 2013). Tercer lugar, concurso nacional de poesía Casa Silva, 2016. Tres veces ganador del concurso nacional de cuento infantil Comfamiliar Atlántico, 2011, 2013 y 2014. Mención de honor, concurso nacional de cuento de la Universidad Metropolitana, 2015. Mención en el concurso nacional de poesía “Isaías Gamboa”, 2005.
Ha publicado para adultos, Caja de música (2020, poesía) y Toda la lluvia era nuestra (2018, relatos). Y, para público infantil: El abominable monstruo devorador de papel higiénico (2011); La venganza del salchichón cervecero (2013); y Tarzán contra Papá Noel (2014).
CAJA DE MÚSICA
A mí me da la impresión de que en tu boca hay tangos,
que de tus manos brotan todos los flamencos,
y que en tu cuello se escuchan cantos de lumbalú.
Me parece que tus muslos
se debaten entre el guaguancó y el mambo,
que en tu espalda habita un sexteto
(al mínimo roce puede escucharse
un palenque,
un canto jíbaro,
un currulao).
¿Si has visto que en tus dedos
nacen todas las arpas y los llanos?
Hay también un bullerengue senta´o en tus piernas
y es mejor no levantarlo.
Ya se sabe que del África a tu vientre
hay un camino de tambores embrujados
(solo se puede cruzar cantando),
pero dime,
¿qué hace un bossa-nova en tus senos?,
¿qué es lo que busca un blues en tus labios?,
¿por qué en tu cabello se juntan
las líneas de todos los pentagramas?
No hay más explicación:
tu cuerpo es una caja de música,
¿bailamos?
CASOS DE LA VIDA REAL
El mejor músico de mi generación
consiguió empleo en un call - center
-turno de noche-.
De sus diademas brota
el ruido de las hachas medievales,
la canción milenaria de los australopitecos,
la tos de los enfermos de América Latina,
el último discurso de Salvador Allende
y un verso inexplicable de León de Greiff.
Del otro lado de la línea
un gringo furibundo se rasga las vestiduras
-discuten en La mayor
soledad-.
El más cercano a Cristo de mi generación
trabaja clandestino matando caimanes;
las pieles son enviadas a Tailandia por barco
y también por barco llegan los salarios,
por eso tardan tanto, dicen los jefes.
El mejor poeta de mi generación
fue internado en un hospital psiquiátrico.
Enfermeras armadas con jeringas y ungüentos
lo atormentan.
Cada vez que tiene un verso entre labios
lo hacen tragar su medicina
y el verso.
El mejor matemático, flaco y desgarbado,
-el número pi está errado, me dijo un día-
se hizo instructor de gimnasio
no se sabe cómo.
El mejor narrador que conocí
dicta clases de ética en Tubará,
sin ética alguna,
con una profunda debilidad
hacia las niñas que se escarban
los muslos bajo la falda.
El mejor preparador de jugos de naranja,
catorce años después,
sigue preparando jugos de naranja
en una choza fúnebre.
El sueño de convertirse en multinacional
quedó en el saco de frutas podridas.
La mejor humorista que conocí
murió en la absoluta miseria
(el cuerpo lleno de catástrofes,
la dentadura triste,
el rostro hecho de pánico y soledad).
La muerte sonrió.
TEMÍSTOCLES MACHADO
"Este territorio está mezclado con mi sangre,
irme sería como olvidarme de mí mismo"
Temístocles Machado
Me gusta pronunciar tu nombre,
Temístocles,
parece el nombre del ingrediente secreto
que da color a las rocas.
Parece también una palabra mágica
para que al fin se maduren los tamarindos,
Te-mís-to-cles,
lo repito
y se sonrojan las mandarinas.
Si dos o tres se reúnen en tu nombre
una semilla parpadea
en el vientre de la tierra,
y un trozo de bambú presiente
cuál será su nota musical
en la marimba,
Temístocles,
el verdadero mapa de Buenaventura
estaba en las arrugas de tu frente.
Las líneas de tus manos
fueron afluentes del río Anchicayá.
¿Cuántos tocaron a tu puerta a media noche
para pedir una tacita de tierra
y completar así el café?,
Temístocles,
nos han negado la tierra,
no oímos ladrar a los perros,
y todas las respuestas
estaban en tu portafolio:
¿quién es el dueño de los robles amarillos?,
¿a quién pertenecen las gallinas sin vacunar?,
¿en dónde comienzan y terminan
las raíces del limonero aquel?
Me gusta pronunciar tu nombre,
Temístocles,
lo digo
y siento que se fastidian tus asesinos.
UN POCO DE SOMBRA Y UN BESO
Ayer descubrí que mi vecino
es vendedor de aguacates.
Lo vi salir al amanecer
con su disfraz de árbol encantado
y no pude ocultar el asombro:
la palangana enorme
sobre la cabeza florecida,
el tronco firme,
las sandalias vueltas raíces.
Nunca antes había visto
a un vendedor de aguacates
salir de una casa
-de su propia casa-.
He vivido,
no sé cuántos meses, a su lado.
De tanto verlos calle arriba
creí que vivían, plantación adentro,
junto al árbol que los vio nacer,
y que dormían entre los frutos caídos
como otro fruto caído.
Ahora sé que están entre nosotros
ocultos, como agentes secretos
de un estado fallido.
Antes de partir
deja caer sobre su pequeña
un poco de sombra y un beso;
ella agita su mano hasta que él
es solo un ramaje difuso
al borde del camino.
Una corriente de aire
lo estremece a lo lejos,
lo tambalea, y
yo me pregunto,
cuántos aguacates habrá que vender
para tener derecho al paraíso.
En ese momento
ella me descubre y sonríe
-le calculo un año y medio o dos
sobre el mundo-.
Su padre se ha ido,
y ella ríe.
Quizá piensa en lo ridículo que me veo
sin palangana y sin raíces.
*
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