José Ernesto Delgado Hernández

 

Escribo

para que el agua envenenada

pueda beberse.

Chantal Maillard

Tal vez son nuestros cuerpos

cámaras de ecos que replican

        el breve canto que nos habita.

                      Sergio Antonio Chiappe 


Bienvenido poeta José Ernesto Delgado a EL CLAROSCURO
Es un gusto sentir el abrazo de tu poesía 



José Ernesto (Caguas, Puerto Rico, 1981). Poeta y padre de dos niñas. Ha representado a Puerto Rico en festivales y encuentros internacionales de poesía en diez países. Es autor de varios libros, entre los que se incluyen Es tristemente bello escribir un poema donde morirse (Buenos Aires Poetry, 2026), 1923: Abuela Lula (Editorial EDP University, 2026) y Ninguna patria bajo los pies (Editorial Efímera / Malpaso Editores, Honduras, 2026).



¿Quién es José Ernesto Delgado Hernández?

Podría decir que José Ernesto es padre por vocación y poeta por hermoso accidente. Puedo decir que soy hijo y hermano, compañero de trabajo. Se me haría fácil decir que José Ernesto es un hombre taciturno al que le gusta el ejercicio de la contemplación. Que, huérfano de padre, he hecho literatura del dolor de esa herida que es la vida. Pero la mayor parte del tiempo desconfío de quien soy. La costumbre de las máscaras me hace dudar de quién soy. Por eso escribo: para descubrirme en cada palabra que se aleja de mí.

¿Cómo fue tu encuentro con la poesía?

He dicho tantas veces que yo no encontré la poesía, que ella me encontró a mí. Ahora, a mis 45 años, pienso que quizás ambos estábamos perdidos y coincidimos al doblar una esquina, un día cualquiera de un mes cualquiera de un año cualquiera, a una hora cualquiera, en medio de objetos sin sentido. El encuentro fue inesperado, como son las más grandes pasiones. A esa edad en que aún no me sabía las tablas de multiplicación y creía que sería feliz para siempre, el encuentro con la poesía fue una manera de empezar a definirme.

¿Cómo la poesía ha obrado en tu vida?

La poesía me ha dado mucho. Nuevos mundos. Viajes y amistades. Una colección de ciudades y amores. La poesía obró en mí como no lo hizo nunca ninguna religión ni mi padre. En ella he descubierto nuevas perspectivas que han desarrollado en mí una filosofía de vida de los márgenes, desde donde se observa todo como un gran escenario. De igual manera me ha llevado a espacios a los que, si hubiera sido arquitecto o abogado, probablemente no hubiera llegado. Y también me ha dado, para bien o para mal, mucha soledad.

¿Con qué palabra te identificas?

Silencio.

¿Cómo es tu voz poética?

Mi voz poética… considero que gravita en la desconfianza del lenguaje. Paradójicamente, siempre está midiendo distancias entre lo que siento y lo que puedo decir. Últimamente me he dado cuenta de que escribo desde la sospecha de que el lenguaje no me alcanza para decir lo que necesito. Y eso se ha convertido en una obsesión. Se ha vuelto una sed del decir. Tal vez por eso mi voz poética es introspectiva, de bajo tono. Una voz contemplativa. Admito que no soy un poeta del performance ni de los estruendos. La mía es una voz acostumbrada a la intemperie emocional, que a veces es apenas un susurro y otras, confesionalmente visceral.

¿Para qué la poesía?

La poesía en sí misma no es nada si detrás de ella no hay convicción. Para mí la poesía tiene que dolerme. Elevarme y dejarme caer sin aviso. Puede ser que me aparte de muchos en ese sentido, porque ¿quién se ha salvado por la poesía, si ningún poema se hace pan en la boca de un niño hambriento? A veces pienso que la poesía es tan necesaria como una bala que solo es peligrosa si se dispara. Como digo en un poema:

«La poesía no me salvó,
pero bien que ha jugado a ser mi Dios».




Poemas del libro: Es tristemente bello escribir un poema donde morirse

«Morir es un arte, como cualquier otra cosa
y yo lo sé hacer excepcionalmente bien,
tan bien, que parece un infierno,
tan bien, que parece de verdad».
Lady Lazarus — Sylvia Plath

Para morir basta un poema,
algunos versos donde
hallar las huellas perdidas
o la suerte de labios de
espuma en playas distantes.
un poema que sirva
para respirar, donde
mis pies renuncien
a la sequía del amor.
un poema que no sea un artilugio
de sombras y bohemias;
un poema que sea un
portal para la resurrección.
a veces no me reconozco,
no me encuentro en las palabras,
ni en el fino cristal
de versos minerales,
y entonces me pierdo.
busco hundirme lejos, donde
no me encuentren los oídos.
donde la pena no sea una
caricia de espinas.
donde nadie sea un damnificado
por el temblor de mis ojos.
donde ninguno se infecte
con el dolor que exhalo.
un poema es necesario
para morir una tarde de abril;
solo debo romperme,
hacerme polvo de recuerdos,
seguir la lágrima del niño que
perdió su felicidad al soltar un globo
y reconstruirme desde
los pantanos hasta
volverme flor de poema.
morir en un poema es condición
de nosotros, los incompletos.
y hoy, que llevo en los bolsillos
las monedas de la derrota,
escribo para no extinguirme
en la memoria de otras pieles.
escribo bajo la sombra de
la osamenta de la paloma del olvido,
porque escribir para fallecer
es un juego cuyas instrucciones
llevo cicatrizadas en el alma.
es tristemente bello escribir
un poema donde morirse,
como resquebrajar con un verso
las puertas del miedo
y volverme a encontrar sin
fracturas en los ojos del cielo.
dime, Lady Lazarus,
si morir es un arte,
¿Cómo transmuto en
una alondra bajo el
peso de este poema?



Qué pesadilla esta
de calaveras de pájaros
girando sobre mi cuerpo,
en esta noche que me traga
y me escupe dentro de un
baúl de juguetes mustios.

hay algo de mi pasado
que no tuve, algo como...
una mirada, un abrazo o un dulce
que hoy reclama su espacio;
pero estoy lleno de cenizas.

ay de mí, siempre herido,
taciturno, melancólico.

yo que fui un poema al nacer
que se hizo hombre desde
las flores de la desidia.

Ay de mí, niño de plomo,
que arrastra los huesos de su padre
hasta la más alta alondra
cuya luz ya nunca lo alcanzará.

*

Poemas del libro: 1923 Abuela Lula

Ahora que no estás,
las canciones han enmudecido.
Los caminos que hicimos para nuestras huellas
son largas avenidas desesperanzadas y grises.

Ay, si volvieras

con tu sonrisa de ángel,
con la piedad en tus manos,
con la ternura florecida en la voz,
con tus ojos de cielo.

Desaparecerían todos los monstruos bajo la cama
y yo volvería a dormir en paz.




Sé que ya no vendrás,
que no volveré a sentir tu bendición,
tampoco te escucharé desde el pasillo,
nombrándome con tu voz dulce y arrugada.

No regresarás desde las cenizas,
no me abrazarás con tus alas blindadas,
ni podré refugiarme en tu corazón,
hogar de memorias, castillo de mi infancia.

Tendré que salir a encontrarte fuera de mí,
entre los susurros de la vida
que corre frenética por las calles,
en la sonrisa de los árboles
cuando los miran los niños,
en el cantar de las alondras, en sus pupilas tiernas,
como tú.

Y mientras te busco entre la delicadeza de la rosa
y el dolor de la espina,
alumbro con tu recuerdo los rincones
ensombrecidos del alma.

Lula... me hace falta tu figura colosal y frágil,
porque son tiempos oscuros
y tu luz podría ser mi salvación.

                                                                    Abrázame

*

Poema del libro: Ninguna patria bajo los pies

Copán Ruinas, Honduras – julio 2022

Adriana y Ámbar:
he salido
de los confines de la poesía
hasta llegar a sus ojos.

prepárenlos bien,
no dejen que ningún dolorcito
se acomode en ellos;
cólmenlos de luces y pájaros,
de música y crayones,
para que, cuando yo llegue,
abracen esta nostalgia antigua
que arrastro.

porque pronto aterrizaré
en sus párvulas manos,
y así podré protegerme
del susto y del terror.



escúdenme del silencio,
de la soledad que a veces
arropa a este viejo terco.

no se vayan nunca:
soy una lámina de vidrio,
y cualquier descuido
podría romperme.



*














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