Espliego

 

Espliego 

Lluis Fernández 



0 Epítome de una vida 

En resumen, 
mi vida no solo fueron tres cosas.
ni algunas fechas, o algunos rostros, 
ni determinadas maneras 
de coleccionar soplos 
o fantasmas. 
Como aquella vez de aquel amor
en aquella tarde, 
o el año de aquel examen, la época, 
del jardín silvestre de espliego, 
la vez
en que me diste todas las playas 
en una sola playa. 
La comadrona que me entregó 
los hijos, 
como si me entregara
la propiedad del mundo.
El modo único que tenías
de atesorar caracolas, 
los días en que brillaban
hasta nuestras propias sombras.
La mañana de la última vez.
Todas las últimas veces.
¿cuándo fue lo de la ruina?
Mi vida, en resumen, no ha sido
ese álbum de tapas rojas,
ni el recuerdo de un olor, 
tampoco la cicatriz
de la herida más grande,
que ya apenas se me ve,
ni siquiera tu nombre
como título de mi existencia.
Mi vida, en resumen, no cabe
ni en un poema, ni en un suspiro,
ni en una bandada de diez mil palabras. 
Mi vida, si hubiera que resumirla,
se achica y se reduce, 
solamente, 
si la echo al fuego
de leño en leño 
en las tardes que refresca
y la miro esfumarse en el humo, 
con mis ojos de viejo. 
 




6 ay, aquella vez


He ahí una mujer
que dobla la servilleta
como si quisiera recoger
un despliegue de recuerdos. 
Pareciera que en el algodón 
extendido le vivieran
los blancos días de antes,
los días del sol en el vientre.
Lenta, alisa la superficie
con pliegue gentil y triangular.
Como hacía él, cuando acariciaba sus muslos
con la parsimonia con que se mueven 
las espigas en verano, 
con la templanza del arroyo en mayo. 
Huele, ay, el trozo de tela
igual a lo que olía su aliento, 
nariz del alma, párpado apretado,
oler aquel
huracán de un solo placer. 
Siente así 
la papiroflexia de sus labios, 
el cartabón de sus caderas, 
el plumaje de los sentidos. 
Quiere empequeñecer a pliegues
la cuadrada extensión de tela.
Enclave, ahora, de su catedral secreta.
Le parece así la servilleta
un lienzo con excusa de recuerdo, 
tejido textura amor de vuelta 
apenas un ejercicio
pero
de los de corazón adentro.



11 cuando tus manos acogen mi cara 

Eres la razón del mar 
la cuna en que mis dedos 
el recinto donde mis ojos 
el domicilio donde mi médula.
Eres mi sitio célula.
Caigo en ti 
como lo último de la lluvia 
cae en las higueras abiertas 
como un noviembre que arde 
en la absolución de una tarde. 
Detienes mi rostro en tu mirada
con palmas que anidan
el aire perpetuo, jazmín camarada
laurel de tierra prometida
mi desolación acabada, concluida.



18 procedencia

Vengo de un sitio pequeño.
Las lunas se hacían de hilo 
para entrar por el patio
hasta la almohada del niño. 
Vengo de un barrio costura, 
óxido, geranios, talleres, ternura. 
El sol se pintaba en pañuelos 
entre balcones, paredes y anhelos.
Vengo de una pequeña amalgama
de calles prietas, con olor a retama, 
vengo del sitio donde me dieron el alma.
Vengo y viene conmigo
a esta nueva mañana cargada de tiempo,
estructurada de hechizo.
Vengo y viene conmigo.
Los días empiezan siempre lo mismo
será lo que haremos, lo que los hace 
distintos.
Vengo de un sitio pequeño,
que viene el alma conmigo, que tiene
las calles pequeñas, que tiene del patio
la luna, que tengo de ella
madejas de hilo.
Que vengo del tiempo 
que existo, que tengo de la mañana
el hechizo, que viene de un barrio
pequeño. 
Que vengo y tengo conmigo
el alma, el tiempo, la almohada del niño, 
para coser esta distinta mañana,
pero para coserla contigo. 




37 la hija que nunca tuve 

Lucía tiene un ojo verde 
y en el otro tiene
mares al mediodía.
Su casa está en lo alto
de aquella playa. Sí, aquella.
Y tiene alondras en la risa. 
Sabe el uso de la aerodinámica,
la de las nubes, la de las flechas, 
la de sus manos bien abiertas.
Ya conoció el sabor de las uvas
en el labio intruso y ajeno.
Y sabe de memoria
recitar lo bueno del bueno de Celaya. 
Lucía tiene un marido
que pasea con ella el día del libro.
Tienen ya dos hijos, 
uno como un tigre y el otro
como un angelito.
Quién lo diría, cómo pasa la vida
con su desvanecer y con sus alas.
La visité por ti, ayer tarde, 
como hacemos los fantasmas. 
Discreto, algo alejado
con un poco de viento al lado. 
Reía como tú lo hacías.
Como tú, miraba al libro
y al que le miraba mirar el libro.
Como tú, de mí
no tenía nada, nada más
que toda entera mi atención,
mi ausencia y un nido
donde dormía mi alma. 




*


Lluis Fernández, Barcelona, España, 1958. Estudió Derecho en la misma ciudad. Profesionalmente se dedica al manejo ornamental e industrial del agua. 

Vive en una isla por amor al mar. Escribe desde los 18 años.

Sus letras han encontrado escenario en los grupos de poesía surgidos en las redes sociales.
Libros publicados:  La razón del mar (Editorial Espacios Ediciones (Mandala Ediciones) 2016; Espliego (Editorial Espacios Ediciones (2022).


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