Costal de hojarasca (Memorias de infancia)

 


El tiempo esculpe las manos, 

las huellas dejadas en el camino. 

      Dibuja el paisaje 

           donde hubiese querido 

                               echar raíces. 

Sergio Antonio Chiappe Riaño 




1.

Grande era la piedra donde mi abuelo Gregorio se recargaba a contemplar los cultivos que parecían los remiendos de una cobija extendida. Sobresalía la piedra de la tierra como un gran cuerno fosilizado por el sol de los primeros chibchas. Ahí, recargado, mi abuelo también contemplaba el camino de herradura y de siglos por donde pasaban, pasan y seguirán pasando generaciones de siachoques con sombrero y ruana para capotear del frío que, como una cabra loca, hacía de las suyas en esos pedregales y altibajos de páramo. Grande era la piedra. Grande, grande, grande, hasta que los golpes de una almádena la volvieron pedacitos para un muro.

Ya no hay piedra.

Ya no hay abuelo.

Y entre las palabras esparcidas por las páginas de un diario roto, donde hay  pétalos secos tomados de las rosas invasoras de un rastrojo de trigo, astillas de canela cuyo destino era darle más aroma a unas jícaras de chocolate, hojas agujereadas por la polilla de otros diarios y plumas de las golondrinas que emigraron, antes de haber dado con su vuelo la señal de un canto de agua, solo queda un camino: el forastero que busca entre la polvareda las huellas de un niño.



63.

Como un huevo frito se veía el sol a través del techo roto.  La casa era de adobe y, donde yo me encontraba, era la parte más amplia: una habitación con dormitorio, cocina, medicamentos, ropas, herramientas y juguetes. 

Desde hacía no sé cuánto, a lo mejor una hora y tres minutos, esperaba a mis papás, a mi amigo y a su mamá que, agachándose, me insistió: “¡De corazón, por favor cuide a mi bebecito!”. Sí, debía cuidarlo, mientras ellos iban a hablar unas cosas con el padre Jacinto.

Al bebé, con su saco azul, lo habían puesto en una cajita blanca que estaba sobre una butaca. Los rayos del sol parecían chorros de humo con chispitas de colores. Recuerdo una botella con una vela apagada y un ramo con una estampa de ángel, metido en la jarra del chocolate.

Cuando regresaron, mi amigo quería jugar conmigo a las escondidas, pero no se pudo porque ahí mismo mi papá alzo la cajita, mi mamá agarró el ramo y, la mamá, que lloraba mucho por su bebé, tomó a mi amigo de la mano.

Yo me fui detrás de ellos, corriendo hasta el camino, con dos flores amarillas que arranqué del jardín.



76.

Llegó el chino mugre”, me decía Helenita cuando me aparecía por la casa de don Agustín León. Riéndose, pegaba la carrera hasta la cocina para decirle a doña Joaquina: “Mamá, el chino mugre está en el patio”.

Helenita tenía parálisis en un brazo y en una pierna del mismo lado del cuerpo, pero era la niña más alegre y más tierna que conocí en el pueblo.

Algo tenía yo de llamativo o chistoso, porque ella se quedaba mirándome, expresaba algo entre dientes y luego se ponía a reír.

Donde don Agustín trabajé muchas veces en el campo. Pero, también unos días en su casa del centro. Fue ayudando a limpiar las canaletas del techo donde también se cambiaron muchas tejas de barro. 
Desde el techo veía a la gente pequeñita, en especial, la que iba por la calle. Yo era grande, grande, grande, aunque al rato, al bajar del tejado,  por fin me diera cuenta de lo aún más pequeñito, ¡chiquitico!, ante la estatura de la gran mayoría de los siachoques.

Helenita seguía diciéndome “chino mugre”, y tenía mucha razón: me había visto jugando con un cucarrón que, al impulsar su cuerno, trataba de levantar un inmenso cagajón de burro.



*

¿Cuál fue el detonante y cuál la motivación para escribir Costal de hojarasca (Memorias de infancia)?

El detonante fue durante un viaje a Siachoque, en este mismo año 2026. Al detenerme a contemplar una loma, en uno de sus caminos polvorientos de repente vi correr al niño que fui. La motivación en parte llegó al hablar con un amigo, Camilo Moreno, que me situó justo en una tarde en que el sol pintó las nubes como si fueran cáscaras de naranjas y mandarinas sobre una piedra parecida a un colmillo de dinosaurio. Él, con sus recuerdos también de niño Siachoque, colaboró para que mis recuerdos salieran igual que la hojarasca amontonada junto al fogón de unas chipas ya lejanas…

Tengo entendido que el libro está compuesto por 100 textos, cada uno corresponde a un recuerdo, y cada texto a su vez tiene 200 palabras. ¿Hay un objetivo, o una razón de ser, o solo es una propuesta estética?

200 palabras exactas, el lector puede contarlas. Un reto que no es nada fácil, así como mi novela inédita: Velorio en Rosas que tiene 400 fragmentos o capítulos todos de 100 palabras para un total de 40.000. En fin, junto a la estética y mi manía por los números, trabajé cada episodio con el mismo rasero para no quedar en uno con una frase y en otros con la extensión a lo mejor de una novela. Como las bóvedas del cementerio de Siachoque: todas iguales hasta en su parecido con los apartamentos de las ciudades donde transcurre la vida con su danza de esqueletos…

¿Hay un antes y un después para Jorge Osbaldo a partir de Costal de hojarasca (Memorias de infancia?

Sí. El antes y el después se congregan ante Jorge Osbaldo para brindar por un mundo de niño trazado con tinta y sobre una memoria de adobes. El antes y el después son la entretención del escritor en un campo que va y viene con sus vientos…

Ese viaje a los recuerdos, ¿Qué costo emocional significó para ti?

Lágrimas… y el eco de una loma amarillenta allá en la vereda de Turga que prolonga mi risa hasta el día de hoy…

Encuentro interesante tu modo de concebir la muerte a través de la figura del difunto o del cadáver, o del rito del velorio. Cuéntanos un poco sobre eso.

Mis primeros juegos, en lugar de los carritos o la pelota, que por cierto, ¡siempre quise una de caucho, de las que traían números y letras!— se centraron en los fieles difuntos. Mi papá me llevaba a los velorios y de ahí me nacía la creatividad para luego con arcilla y palitos darle expresión a la muerte de algunos vecinos con nombres y apellidos. A lo mejor, si llega ese día bíblico de “la resurrección de los muertos”, también resuciten los míos, como esa muñeca de trapo, las botellas de Pony Malta y quién sabe cuántas tusas de maíz. Los difuntos de arcilla, por cantidades en cualquier lugar del pueblo. Mi abuelito Gregorio alguna vez se quitó el sombrero y me acompaño a uno de esos funerales…

Don Gregorio, ¿Qué diría de tu libro?

“¡Jum!”, expresaría rascándose la cabeza. Luego, muy posible y de rato en rato se pondría a leerlo allá en el Alto de Regua. Lo imagino sentado junto al pino, pensando en la hojarasca para más tarde arrodillarse ante su templo: las tres piedras del fogón…

¿Qué te faltó decir, qué cambiarías? ¿A qué recuerdo te abrazarías y cuál solarías?

Me faltó decir mucho, quizá un costal más grande para que pueda caber el Siachoque que el niño recuerda. Sin embargo, con los 100 episodios las páginas del libro ya vuelan como jaquecos, copetones y perdices por la geografía indígena de mis antepasados. Me abrazo a todos y también me permito soltarlos. Son la hojarasca con sus mariposas monarca y sus libélulas volando sobre las cementeras del recuerdo…

¿Qué piensas ahora del Jorge Osbaldo de aquellos años, qué consejo le darías?

No creo que pueda darle consejos. Ese tal Jorge Osbaldo de aquellos años era en todo el sentido de la palabra, un personaje. Un niño callejero que más bien espero me recuerde y, con la luz juguetona de su antaño, me acompañe para no perder la capacidad del ASOMBRO. 

A ese niño de carita manchada de tierra, como un Huck en la medianía de Tom Sawyer, le debo todo el camino de mis letras forasteras…

¿Cómo ha sido recibido tu Costal de hojarasca? En mi criterio lo encuentro sumamente humano, íntimo y honesto. De una melancolía preciosa. ¿Tú qué esperabas generar en los lectores?

Muy bien recibido el costal de fique. Me doy cuenta que quien lo recibe mete la mano y la mirada para encontrar en él la hojarasca que sea acorde a sus propios recuerdos de aquellas luminarias donde ven sus rostros con la edad de la escuela primaria. Gracias amigo Sergio.

Tu lectura tiene los carbones encendidos del poeta: calor de hogar en cada página. Sí, un propósito pedido al Ángel de la Guarda y los Viñedos: que los lectores también vuelvan a recorrer esos caminos y, por supuesto, cada uno con su niño como compañero de viaje hasta el último instante, cuando el espíritu y el cuerpo dan la llamarada para volver a ser polvo de estrellas…

¿Los recuerdos que compartes son fieles, o hay un enriquecimiento literario que hace parte del trabajo del escritor para exaltar la belleza de cada texto?

Fieles, como los fieles difuntos, desde luego. Son lo que el niño vivió tal cual en ese pueblo arropado por las nubes del páramo. El escritor solo acompaña en la reconstrucción de los hechos bajo alguna lluvia con relámpagos poéticos y truenos causados por el golpe del lápiz contra el suelo. Todos los episodios son la realidad de un Jorge Osbaldo que, como todo mortal, a lo mejor es ficción en este terreno sacudido por los climas militantes y cada vez más cerca de la caverna…              









Jorge Osbaldo: Premio Nacional Novela Breve Universidad Central de Colombia 2014, con la novela: 28 buitres. Ganador segundo puesto Internacional y primero por Colombia, Concurso Internacional de Cuento Ciudad de Pupiales 2018. Cuento ganador: Carita manchada de tierra. Ganador “La Chía de Plata” I Concurso Internacional de Cuentos Cortos La Chía Dorada 2022, con el cuento: Sombrero sepia.

Publicados algunos de sus cuentos y microficciones en La revista latinoamericana La raíz Invertida. Revista Puesto de Combate 2018, 2020, 2021 y 2024. Centro Cultural Tina Modotti 2019. Fanzine Andante, Voces y Trazos 2019. Revista chilena Brevirus 2020. Revista peruana Plesiosaurio 2021. Revista la Joven Parca 2022 y 2023. Antología Murmullo de hojas, Islas Canarias 2023. Revista Occidente Siglo XXI. Antología Trilce en la Luis Ángel 2025.  Revista Luna Nueva 2026.

Libros publicados:

Voces y piedras: microcuentos, 2008. Madera de Árbol: microcuentos poéticos, 2012. Una burra de ojos verdes: novela 2017. El antifaz de las máscaras: espínodos-aforismos 2017. 9 Difuntos: cuentos 2019, Uniediciones Sello Editorial Ibáñez. Voces y piedras, segunda edición El Taller Blanco Ediciones 2019. La mujer de rojo: dramaturgia, El Taller Blanco Ediciones 2020. Antorchas: microficciones, Editorial Fundación Renascentro 2021. Vándalos: ‘micro’-realidades, El Taller Blanco Ediciones 2021. 28 buitres: novela, Editorial Domingo Atrasado 2022. Una burra de ojos verdes: novela, Cero Editores, segunda edición 2023. La tempestad del Maíz: fragmentos poéticos, Ediciones Candil Azul 2023. 9 difuntos: cuentos, Editorial Domingo Atrasado, segunda edición 2024. 30 llamas de un fósforo: microficciones, Cero Editores 2024. El antifaz de las máscaras: espínodos, Cero Editores, segunda edición 2025.  Colmena de haikus: haikus, libro compartido con otros autores, Editorial Toská 2025. 6 veces el Diablo y una sarta de salmodias: cuentos y salmodias, Editorial Toská 2025.









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